Recapitulando

¡Hola a todos! Ya estoy fuera de Londres y uno empieza a hacer balances de esta gran experiencia. Mañana o pasado les mando novedades sobre las charlas y talleres en los que participé, con más detalle y de los que no pude contarles mucho porque tuvimos unos problemas descomunales para conectarnos por internet. Carla ya les adelantó algo del taller de “Nuevos medios”, pero aquí va mi versión.

Acababa de borrar febrilmente los 356 mensajes de mi casilla electrónica que se habían acumulado durante dos desesperantes días en los que no había podido conectarme a Internet, cuando Rory Cellen-Jones, corresponsal de tecnología de la BBC y autor de un blog sobre el tema, comenzó a vaciar frente a nuestros ojos el contenido de una valija de plástico negro bastante desvencijada: un grabador digital con forma de lapicera que, además, permite buscar un punto particular en la grabación (esto es increíble) apoyándola sobre palabras claves que uno escribió durante la entrevista, tres teléfonos celulares, un micrófono, un minigrabador capaz de registrar audio con calidad profesional, y algunos otros adminículos que pueden interconectarse entre sí a través de líneas satelitales o la red electrónica para crear archivos electrónicos, comunicarse simultáneamente con una comunidad de personas, producir películas y publicarlas en sitios electrónicos… Rory extraía todos estos adminículos, que definió como su equipo, como un prestigitador algo desordenado y vacilante que presenta un prodigio tras otro a un público deslumbrado durante una de las charlas del Congreso.

Fuera de las crisis, uno de los temas que despertó más interés fueron los nuevos medios, que permiten grabar audio, filmar, editar, enviar y publicar texto e imágenes en minutos, y con los que el polifacético Cellen-Jones “jugaba”, como confesó con una sonrisa cómplice, mientras exploraba las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías.

Increíblemente, mientras tanto algunos de nosotros veíamos la otra cara de la tecnología: bastó con que fallara un solo detalle para que todo se nos complicara.

Alojados en una residencia universitaria, cuyas piezas carecen de teléfono, de televisión y de conexión a la Internet, comunicarnos con el resto del mundo se transformó en una obsesión: las tarjetas telefónicas prepagadas fallaban, cuando queríamos hablar por el único teléfono público que funcionaba en la planta baja, nos encontrábamos con algún otro tan desesperado por comunicarse como nosotros que hablaba durante 75 minutos seguidos; para usar las computadoras que había en el press room había que sacar turno (de 10 minutos) y tuvimos que poner en marcha toda una estrategia para usar nuestras propias máquinas en bares con conexión inalámbrica, sencillamente porque… ¡no podíamos enchufarlas! (hay una disposición del departamento de bomberos que lo prohíbe). De repente nos dimos cuenta de que en esa ciudad supermoderna sin teléfono celular o computadora de última generación, uno puede estar tan aislado como Robinson Crusoe…

En fin, gajes del oficio. Ojalá que pronto nosotros también tengamos a mano todos esos “chiches” tecnológicos tan supermodernos.

Nora Bär

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